Está ahí, tumbada con la cabeza sobre el reposabrazos del sofá, con el pelo esparcido en mechones por el tapizado de hortensias rosas que tanto odiamos, y los ojos cerrados, murmurando en frases cortas, intentando recordar los últimos versos de algún poeta muerto que le hace más feliz que yo ahora mismo. Sus pensamientos vuelan, siento sus ideas salir de su cabeza, arremetiendo contra la mía. Los recuerdos se instalan en sus labios y sin abrir los ojos comienza a hablar. Yo, que ya no contemplo la perpendicular de sus piernas a lo largo del sillón, que hago café en la cocina, abriendo la lata que nos regaló su madre el verano pasado cuando fuimos a visitarla, enciendo una cerilla para luego acercarla al gas y que la llama demasiado alta me sople aire caliente en la cara. La oigo hablar mientras busco una cuchara limpia en el cajón de la cubertería, y me preparo para escuchar de nuevo la historia que un día me rompió el corazón pero que ya no entiendo. Me rindo al tintineo de sus palabras bien pronunciadas y esas frases mal ordenadas, la escucho hablar bajito de como el mundo la hizo suya sin mi permiso, de sus ensoñaciones, en las que camina sin camino y todo es tan blanco que ve su piel sucia, tanto que tiene miedo de moverse y estropear el equilibrio de la linea de meta. Dice que cuando despierta vuelve a estar al principio, que yo soy el principio, el disparo al cielo, la salida. Que la bombilla le da calor y que quiere vivir en el sur.
Se mira los dedos y no calla, habla, de que hubo un tiempo en el que le servían para atrapar palomas, y yo ya sé que esta parte es mentira, que le dan miedo los pájaros y me hace cerrar la ventana cada vez que oye alguno cantar, pero no se lo digo, solo le llevo el café.
Murmura que las mañanas no son como antes, que ya no pasea de madrugada y ya no ve amanecer entre los edificios o sobre las terrazas de alguno de los que ella llama personajes importantes de la historia que le cuenta el cableado del que quiere colgarse.
La siento lejos mientras sorbe el café, y sé que hace tiempo que no está, y estoy cansado de tirar de su cuerda hacia mi, estoy cansado de acercar su cintura a la mía, cuando sé que su cabeza no me siente.
Pero sigo escuchando como intenta partirme el corazón. Como aquella primera vez.
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