Me obligó a soltar el paquete de pasta que abrazaba en medio del supermercado, con expresión lastimera, de la misma marca que el que cocinamos nosotros el mes pasado.
Llevaba su abrigo puesto, aquel azul que se olvidó en mi casa y que tampoco le gustaba tanto. Cuando metía las manos en los bolsillos podía juguetear con su mechero, igual que hacía él.
Me escondía en su capucha y la gente me miraba.
Tenía cara de corazón perdido.
Él hizo que me quitase la prenda y la tiró sobre la acera, y allí se quedó su olor.
Hizo que me metiese en la bañera, y me obligó a estar a remojo un par de horas, hasta que el agua se enfrío y yo empecé a tiritar. Vino y me sequé, me puse ese pijama tan feo y me senté en el sofá. A esperar, como de costumbre.
Él me levantó y me llevó a la cocina. Me obligó a sacar ingredientes de la nevera, y a calentar el aceite en la sartén. Puso música en la radio. Se movía por la cocina como si el mundo mereciese la pena. Yo solo miraba y sin entender nada cortaba cebolla en una tabla.
Tenía los ojos secos, no podía llorar. Toda la casa empezó a oler bien.
Sonaban canciones bonitas, él no me miraba preocupado, como los demás, solo sonreía y agarraba mis muñecas para obligarme a bailar sobre las baldosas blancas y algo sucias, como todo.
Mientras las sartenes hacían lo suyo corrió a mi cuarto. Yo me senté en una de las sillas duras de la cocina y miraba el marco de la puerta, esperando su regreso.
Esperando, de nuevo.
Llegó con ropa, con fotos, con discos, con folios escritos, con restos de comida basura y un par de cartas tristes. Yo pensaba, parecían mejores hace unos días, mientras él los metía en una bolsa y le hacía un nudo. No intenté detenerle, todo me daba un poco igual.
Mientras el bajaba la bolsa al contenedor, yo me deslicé de la silla al suelo y me quedé allí quieta.
Cuando subió no intento levantarme, solo me miró y sirvió la comida en platos. Se sentó y habló por primera vez, con pasta en la boca.
"Solo necesitas un nuevo perfume y dejar de entreabrir la boca esperando un beso."
domingo, 29 de septiembre de 2013
viernes, 20 de septiembre de 2013
Lo que deberías hacer es comerte un chicle y bailar más
Bonita la sábana arrugada en esa esquina y bonitos sus pies haciendo esfuerzos por encontrarla y triunfante, taparse la cara para no mirarme nunca más.
Bonita ella cuando no me mira,
cuando se ríe con las manos sobre los ojos.
Qué oportuno el viento que sopla cuando espera, sentada, a que llegue yo sin flores.
Sin flores.
Sin ganas.
Sin miedo.
Lleno de ternura
vacío de amor.
Y antes de que preguntes yo he respondido tres veces,
antes de que agarres con fuerza el bajo de tu vestido
yo ya he intentado sentir tus mejillas, esperando sentirte huir
y no dejo de mirar al suelo que nos acogería con gusto
de no ser porque ni el placer es mío
ni tu estas encanta de haberme conocido.
Bonita ella cuando no me mira,
cuando se ríe con las manos sobre los ojos.
Qué oportuno el viento que sopla cuando espera, sentada, a que llegue yo sin flores.
Sin flores.
Sin ganas.
Sin miedo.
Lleno de ternura
vacío de amor.
Y antes de que preguntes yo he respondido tres veces,
antes de que agarres con fuerza el bajo de tu vestido
yo ya he intentado sentir tus mejillas, esperando sentirte huir
y no dejo de mirar al suelo que nos acogería con gusto
de no ser porque ni el placer es mío
ni tu estas encanta de haberme conocido.
jueves, 5 de septiembre de 2013
Las mujeres que saben hacen como que no.
Está ahí, tumbada con la cabeza sobre el reposabrazos del sofá, con el pelo esparcido en mechones por el tapizado de hortensias rosas que tanto odiamos, y los ojos cerrados, murmurando en frases cortas, intentando recordar los últimos versos de algún poeta muerto que le hace más feliz que yo ahora mismo. Sus pensamientos vuelan, siento sus ideas salir de su cabeza, arremetiendo contra la mía. Los recuerdos se instalan en sus labios y sin abrir los ojos comienza a hablar. Yo, que ya no contemplo la perpendicular de sus piernas a lo largo del sillón, que hago café en la cocina, abriendo la lata que nos regaló su madre el verano pasado cuando fuimos a visitarla, enciendo una cerilla para luego acercarla al gas y que la llama demasiado alta me sople aire caliente en la cara. La oigo hablar mientras busco una cuchara limpia en el cajón de la cubertería, y me preparo para escuchar de nuevo la historia que un día me rompió el corazón pero que ya no entiendo. Me rindo al tintineo de sus palabras bien pronunciadas y esas frases mal ordenadas, la escucho hablar bajito de como el mundo la hizo suya sin mi permiso, de sus ensoñaciones, en las que camina sin camino y todo es tan blanco que ve su piel sucia, tanto que tiene miedo de moverse y estropear el equilibrio de la linea de meta. Dice que cuando despierta vuelve a estar al principio, que yo soy el principio, el disparo al cielo, la salida. Que la bombilla le da calor y que quiere vivir en el sur.
Se mira los dedos y no calla, habla, de que hubo un tiempo en el que le servían para atrapar palomas, y yo ya sé que esta parte es mentira, que le dan miedo los pájaros y me hace cerrar la ventana cada vez que oye alguno cantar, pero no se lo digo, solo le llevo el café.
Murmura que las mañanas no son como antes, que ya no pasea de madrugada y ya no ve amanecer entre los edificios o sobre las terrazas de alguno de los que ella llama personajes importantes de la historia que le cuenta el cableado del que quiere colgarse.
La siento lejos mientras sorbe el café, y sé que hace tiempo que no está, y estoy cansado de tirar de su cuerda hacia mi, estoy cansado de acercar su cintura a la mía, cuando sé que su cabeza no me siente.
Pero sigo escuchando como intenta partirme el corazón. Como aquella primera vez.
Se mira los dedos y no calla, habla, de que hubo un tiempo en el que le servían para atrapar palomas, y yo ya sé que esta parte es mentira, que le dan miedo los pájaros y me hace cerrar la ventana cada vez que oye alguno cantar, pero no se lo digo, solo le llevo el café.
Murmura que las mañanas no son como antes, que ya no pasea de madrugada y ya no ve amanecer entre los edificios o sobre las terrazas de alguno de los que ella llama personajes importantes de la historia que le cuenta el cableado del que quiere colgarse.
La siento lejos mientras sorbe el café, y sé que hace tiempo que no está, y estoy cansado de tirar de su cuerda hacia mi, estoy cansado de acercar su cintura a la mía, cuando sé que su cabeza no me siente.
Pero sigo escuchando como intenta partirme el corazón. Como aquella primera vez.
Oda a lo que sea, pero que suene bonito.
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