Han pasado muchas noches y no tantos días desde que empezó a echarle de menos. Pero es ahora cuando se da cuenta de que realmente nunca llegó a conocerla. El no sabe lo mucho que puede llorar en un fin de semana, solo sabe que su debilidad es el chocolate. No sabe que tiene un vacio en el corazón, no sabe como llenarlo, solo conoce una forma de mirarla y no es suficiente. Nunca es suficiente. No sabe que ella es capaz de escapar lejos de el, sobre todo cuando más le necesita. Pero si que sabe que ella no tiene escudo. Su muralla de hielo es simple y llanamente un granizado de limón. Y se ríe por eso, ella es estupidamente predecible.
Y ahora ha decidido no verle más, sacarle de su vida, lejos. Sonreirle por la calle sin despegar los labios. Quererle unos días más y olvidarle rápido. Que solo quede de él una historia divertida para contar en una tarde de banco y gominolas.
Pero ella como tantas otras veces, se olvida de que nunca pudo ocultarle nada, aunque el no fuese capaz de verlo.

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