miércoles, 14 de agosto de 2013

Qué vivan las personas que no saben serlo o que lo son demasiado.

Cerraba los ojos y sentía su mirada atravesar su cuerpo encogido en el asiento. Echaba la cabeza hacia atrás y en el cielo distinguía el recuerdo de los días color naranja en los que lo único importante había sido conocer el número de veces que debía saltar para bajar las escaleras del portal sin tropezar, el número de vueltas que debía dar para que su rostro se girase en su dirección y las yemas de sus dedos rozases los volantes del vestido, y como en otro mundo, en otra ciudad, en otra habitación, los párpados caían y solo cabía sentir. Acostumbrada al frío de las baldosas amarillas salia del camino y aparecía sobre su suelo de madera, tarareando canciones bonitas que no conocía del todo. Miraba sus pies descalzos y con la mano sobre el vientre, cogía aire y sentía su aliento caliente, cerca.
Temblaba por dentro y sus huesos parecían las ramas de los árboles en otoño, y se movía como mecida por el viento, siguiendo su corriente, frenando sus ganas de hundirse en los desniveles de sus mejillas, en esos barrancos suavizados por los que podía haberse tirado tras uno de los besos que sabían a mañana. De su mano era ganas de correr, era laberintos de voces, era colección de mariposas y mechones castaños desperdigados por la alfombra, por el sofá, por la almohada, sobre su hombro.

La felicidad titila por su ausencia,
titilan de pena
juntos
y no se les nota.



-A gritos-







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