miércoles, 24 de julio de 2013

Querida niña, llevas razón al decir que el mundo no termina en esta habitación.

Me quedo dormida en medio de una carcajada que te pertenece, y no sé si me despierto en el mundo que me vio romper en mil pedazos. No es posible que ahora pasee por esos caminos por los que antes huí. Este cielo que no llora no puede ser el mismo que, como sordo, ignoraba mis medias palabras.

¿Dónde está la fuerza sobrenatural que entierra las preguntas que nadie quiere oir? Por qué, por qué, por qué.

Ahora creo en el sitio indicado, busco el sitio indicado.

Me hago un hueco en tu espalda,
apoyo los codos entre tus sábanas,
presiono tu barbilla,
fuerzo tus hoyuelos.

Seguramente llevas razón al decir que hay un punto de inflexión entre tu sostenerme y mi quererte.

Y la habitación de al lado esta vacía. Acerco las manos temblorosas a tu pelo, lo acaricio y espero. Siento tu corazón bombeando en tu cuello, en tus brazos, en tus dedos.

Te alejas y te veo entonces, como debería haberte visto cuando el sol estaba a tu espalda y tus ojos brillaban menos, cuando tus palabras cortaban el aire, cuando ocupabas todo mi pecho y no había pensamientos que no llevasen tu nombre.

Te veo ahora, que hay silencio, y luz como de mil bombillas me obliga a cruzar las piernas y respirar mientras paseas de un lado a otro del cuarto.

Si cierro los ojos sigues en mis párpados, caminando y girando en tonos rojos,
esperando el grito que te haga parar y girar de golpe hacia mi,
para poder mirarme
como yo te miro.

Nuestra habitación está vacía, tu no eres capaz de mirarme y yo no soy capaz de gritar, ni de dejar de mirar.

Mido el espacio entre tu mundo y el mío en las caricias que se pierden cada vez que alargo el brazo para recordarte que no estoy aquí, pero que quizás, quizás, quizás.

Que quizás, quizás, quizás
lo esté más que nadie y más que nunca.






No hay comentarios:

Publicar un comentario